Tacubaya: El rincón que le robó el corazón a la aristocracia mexicana
Si hoy pasas por Tacubaya y ves el movimiento constante de gente, los puestos de comida y el tráfico característico de la Ciudad de México, probablemente te cueste trabajo imaginar que, hace poco más de un siglo, este barrio era el refugio favorito de la élite más exclusiva. En Tantita Tinta nos dimos a la tarea de escarbar en la historia de este sitio que, durante el Porfiriato, pasó de ser un pueblo tranquilo a convertirse en un despliegue de opulencia, palacetes y jardines afrancesados.
De adoratorio prehispánico a retiro campestre
Antes de que las familias adineradas pusieran sus ojos en la zona, Tacubaya ya tenía lo suyo. Desde épocas prehispánicas, su abundancia de manantiales y agua dulce lo hizo un sitio estratégico. Tras la conquista, pasó por varias facetas, desde zona de huertos hasta molinos coloniales. Sin embargo, su verdadera transformación ocurrió en el siglo XIX: su altura y clima privilegiado lo hacían el lugar perfecto para escapar de las inundaciones y el ajetreo del centro de la capital.
Era básicamente un destino de fin de semana para la aristocracia, donde la vida transcurría entre paseos por caminos rodeados de naturaleza y el sonido del tranvía que conectaba con la ciudad. Era el ‘lugar aparte’ donde los Conde de la Cortina, los Escandón y los Mier y Pesado construyeron verdaderas joyas arquitectónicas.
¿Cómo vivían las élites de antaño?
Para nosotros en Tantita Tinta, imaginar estas fincas es como entrar en una película de época. Las residencias no eran simples casas; eran complejos que incluían:
- Salones de baile: Diseñados para eventos que duraban hasta la madrugada.
- Jardines afrancesados: Llenos de fuentes, puentes y una vegetación impecablemente cuidada.
- Capillas privadas: Porque la devoción y la comodidad iban de la mano.
- Zonas de servicio: Estructuras diseñadas para que el personal trabajara sin interferir con la vida de los dueños.
Las joyas que aún podemos visitar (y las que perdimos)
Aunque el desarrollo urbano se comió gran parte de este esplendor, algunas huellas permanecen. La Casa de la Bola y la Casa Amarilla son testigos silenciosos de esos años de gloria. También tenemos el caso de lo que hoy conocemos como el Parque Lira; anteriormente, fue una mansión espectacular de la familia Barrón, con lagos y jardines que hoy solo viven en fotos antiguas.
No podemos olvidar que barrios vecinos como la colonia Escandón o la San Miguel Chapultepec nacieron del fraccionamiento de estas enormes haciendas. Lugares como la actual Embajada de Rusia (la casona de la familia Gómez de Parada) o la Casa del Tiempo, nos dan una idea de la arquitectura ecléctica europea que dominaba el paisaje. Por cierto, ¿sabías que el Hospital Escandón, construido en 1907, sigue en pie como un recordatorio de esa era?
El fin de una era y el inicio de la modernidad
Con la caída del Porfiriato, Tacubaya dejó su papel de ‘villa de descanso’. Los huertos dieron paso a las avenidas y las grandes mansiones fueron fraccionadas o demolidas para dar lugar a la modernidad. Hoy, cuando camines por la zona, mira un poco más arriba de los letreros comerciales: ahí, entre las grietas de la modernidad, todavía podrás encontrar rastros de ese pasado donde las familias más poderosas del país decidieron que no había mejor lugar en el mundo para vivir que en el poniente de nuestra gran capital.
Fuente: Sopitas Cosas