La amenaza silenciosa que habita en tu celular
En Tantita Tinta siempre decimos que el activismo no conoce de fronteras, pero hoy tenemos que hablar de una que se está volviendo cada vez más peligrosa: la línea entre el acoso en redes sociales y la violencia física en el mundo real. Lo que comienza con un comentario malintencionado en Facebook o una acusación sin pruebas en un grupo de WhatsApp, está escalando a niveles alarmantes contra quienes se atreven a levantar la voz por el medio ambiente en México.
El caso de Erik Saracho es el ejemplo más crudo de esta pesadilla. En marzo de 2026, lo que parecía una mañana normal terminó en tragedia cuando un desconocido le disparó afuera de su casa tras meses de hostigamiento digital. ¿El motivo? Su lucha contra desarrollos inmobiliarios en Bahía de Banderas. Antes de la bala, vinieron las campañas de desprestigio en internet que, sin un solo gramo de evidencia, lo pintaron como un enemigo del progreso. Como bien dice Erik: “cuando generan desprestigio, el veneno permea en la gente de tu alrededor”. Y vaya que permea.
Números que encienden las alarmas
No se trata de casos aislados. Según el Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA), en 2025 se registraron 314 agresiones contra defensores ambientales en México. Lo más preocupante es la estigmatización: un arma poderosa que pasó de 20 casos en 2024 a 90 al año siguiente. Se les etiqueta, se les inventan delitos y se les pone una diana en la espalda antes de que pisen un juzgado.
¿Quiénes están detrás de la cortina?
Identificar a los agresores es un auténtico dolor de cabeza. Plataformas como la misteriosa “Contra Activistas Fifí” —que aplaude proyectos extractivistas y de infraestructura sin dar la cara— son el claro ejemplo de cómo el anonimato protege a quienes buscan silenciar la disidencia. Para el equipo de Tantita Tinta, resulta frustrante ver cómo las grandes empresas tecnológicas siguen fallando en su labor de moderación. Apenas un 12% de los defensores se siente satisfecho con la respuesta de las plataformas ante el acoso. Es decir: nos están dejando solos frente al algoritmo.
El impacto diferenciado: cuando ser mujer es un riesgo extra
La violencia digital no es pareja. Para mujeres como Miryam Vargas Teutle, periodista comunitaria en Puebla, el ataque viene por todos los frentes: desde mensajes intimidatorios en WhatsApp hasta patrullas estacionadas afuera de su hogar. Las agresiones contra mujeres defensoras se dispararon de 55 a 89 casos en un solo año. Aquí el acoso no solo busca callar su trabajo, sino destruir su entorno personal, afectando a familias e incluso mascotas.
¿Qué podemos hacer?
No podemos permitir que el territorio se convierta en un campo de batalla donde la moneda de cambio sea la vida de quien lo protege. Expertos en seguridad digital coinciden en que documentar cada ataque es el primer paso: capturas de pantalla, fechas, enlaces y perfiles. Pero eso no basta. Las autoridades mexicanas tienen una deuda enorme: reconocer que el acoso digital es una antesala de la violencia física y actuar con medidas de protección reales desde que aparece el primer post difamatorio.
Como lectores de Tantita Tinta, nuestro papel es clave: no compartir información sin verificar, cuestionar las narrativas de odio que aparecen en grupos locales y, sobre todo, no normalizar que alguien sea atacado por defender lo que es de todos. La selva, los bosques y los ríos no se defienden solos, y quienes los cuidan no deberían caminar con miedo.
Fuente: WIRED en Español