Un conflicto que se salió de control: la lucha por la bahía de Ohuira
Si algo nos ha enseñado la historia reciente, es que cuando una comunidad decide defender su territorio, el ruido se vuelve ensordecedor. En Tantita Tinta hemos seguido de cerca la tensión que se respira en Topolobampo, Sinaloa, donde un proyecto industrial que lleva más de una década en el limbo se ha convertido en el centro de una batalla que ya traspasó fronteras.
Todo explotó hace apenas unas semanas, cuando la llegada de unas estructuras gigantescas —que los locales bautizaron rápidamente como “misiles”— encendió las alarmas. Lo que la empresa Gas y Petroquímica de Occidente (GPO) describe como torres para capturar dióxido de carbono, para los habitantes y la comunidad yoreme-mayo es, lisa y llanamente, una amenaza a su forma de vida.
¿Qué está pasando realmente en Sinaloa?
El proyecto, diseñado para producir unas 2,200 toneladas diarias de amoníaco anhidro, se pretende instalar en la bahía de Ohuira. El problema no es solo la construcción, sino dónde se quiere hacer: un sitio Ramsar, es decir, un humedal de importancia internacional. Según nos cuenta Melina Maldonado, una de las voces principales de la resistencia, la llegada de estas piezas fue el punto de quiebre. “La empresa mostró su verdadero rostro: el monstruo del humedal”, asegura.
La movilización no se quedó en el puerto. El eco de esta lucha llegó hasta la CDMX y, curiosamente, hasta Alemania, sede de Proman AG, el socio principal del proyecto. Los activistas no solo exigen la cancelación, sino que cuestionan por qué se sigue financiando un proyecto con señalamientos de violaciones a derechos humanos, algo que incluso relatores de la ONU advirtieron desde diciembre pasado.
El riesgo que nadie quiere ignorar
Para la ciencia, los números no mienten. La doctora Diana Escobedo Urías, del IPN, ha sido clara: la bahía de Ohuira ya no aguanta más carga. El proceso industrial de esta planta requiere volúmenes masivos de agua marina, lo que supone un riesgo directo para el camarón —sustento de más de 4,000 pescadores— y para especies protegidas como la tortuga carey y los delfines nariz de botella.
Además, está el factor miedo. Un estudio de riesgo reveló que una fuga o falla operativa podría tener impactos letales en un radio de al menos 14 kilómetros. ¿Se imaginan el drama? En un escenario de crisis, no hay protocolos claros para evacuar a la población de las comunidades aledañas ni a los habitantes de Los Mochis. “En cinco minutos después de una fuga, ¿a cuántas personas se puede sacar? A nadie”, sentencia la experta.
¿Hay esperanza para el colectivo “Aquí No”?
Aunque el gobierno ha instalado mesas de diálogo, la postura de las comunidades es inamovible: no. La reciente instalación de bloqueos permanentes en los accesos a la planta demuestra que, para los pescadores y ciudadanos, esto ya no se trata de negociación, sino de supervivencia.
En Tantita Tinta creemos que el caso de Topolobampo es un recordatorio de que el desarrollo económico no puede pasar por encima del tejido social ni de los ecosistemas más vulnerables. La pregunta sigue en el aire: ¿valdrá la pena el costo ambiental por toneladas de fertilizante, o es momento de escuchar finalmente a quienes viven, respiran y cuidan esa bahía?
Fuente: WIRED en Español