Resbaladillas ardientes y columpios legendarios: La fascinante (y dolorosa) historia de los juegos de parque en la CDMX

Entre árboles, pasto y raspones: Un viaje a la infancia chilanga

Para nosotros en Tantita Tinta, no hay nada más nostálgico que recordar esas tardes interminables en los parques de nuestra colonia. Antes de que las pantallas de la computadora o el celular acapararan la atención de los niños, la única misión al salir de la escuela era correr hacia la resbaladilla, turnarse el columpio o intentar no salir volando en el subibaja. Los parques y jardines de la Ciudad de México han sido, por generaciones, el escenario perfecto para quemar energía, hacer amigos y regresar a casa con los tenis llenos de tierra.

Pero, ¿alguna vez te has puesto a pensar de dónde vienen esos fierros monumentales donde todos nos llegamos a dar un buen golpe? El equipo de Tantita Tinta se dio a la tarea de rascarle un poco a la memoria urbana para contarte cómo evolucionaron estos espacios que hoy forman parte de nuestro ADN chilango.

De los “jardines de arena” a los fierros hirvientes

Aunque hoy nos parezca imposible imaginar un parque sin estructuras metálicas, los juegos infantiles tal como los conocemos tienen su origen a finales del siglo XIX. En aquellos años, pedagogos visionarios plantearon que los niños necesitaban herramientas lúdicas para aprender. Así nacieron en parques norteamericanos los sand gardens (jardines de arena), grandes areneros seguros donde los pequeños podían usar su imaginación.

La idea escaló rápidamente. En 1880, un parque en Londres instaló los primeros columpios, pasamanos y caballitos montables. De ahí brincó a Estados Unidos y al resto del mundo, incluida nuestra hermosa capital. Sin embargo, los materiales de antaño no tenían compasión. En un principio se usaba madera, pero pronto el mercado se inundó de estructuras de fierro y acero galvanizado.

¿Te acuerdas de las infames resbaladillas metálicas? Bajo el inclemente sol de la CDMX, se convertían prácticamente en sartenes gigantes capaces de dejar marca en la piel de cualquier incauto. A eso súmale caídas libres desde más de dos metros de altura sobre suelo de tierra dura. Sobrevivir al parque en los años setenta requería un pacto con la suerte.

La llegada de los juegos a la CDMX: De la Alameda a las unidades habitacionales

En nuestra gran metrópoli, la historia de la recreación pública viene de lejos. La Alameda Central, creada en 1592, fue el primer punto de esparcimiento colonial. Con el paso de los siglos, la Alameda de Santa María la Ribera, el Bosque de Chapultepec y el icónico Parque México en la Condesa comenzaron a perfilarse como los pulmones verdes favoritos de las familias.

Fue hasta la década de 1940 cuando el gobierno capitalino diseñó formalmente los llamados “parques deportivos para niños”, dotándolos de columpios, resbaladillas y barras metálicas. Años más tarde, durante el boom de las modernas unidades habitacionales en los años 60, los playgrounds se volvieron parte esencial de la arquitectura urbana. ¿Quién no recuerda aquellos juegos con formas de cohetes espaciales, payasos o animales que invitaban a trepar sin medida?

La evolución moderna: Plásticos, seguridad y diversión inclusiva

Por fortuna, la era de los fierros oxidados y peligrosos quedó atrás. En la década de los 80, la industria dio un giro total con la llegada de los juegos modulares de plástico resistente. Se acabaron los raspones fatales gracias a la incorporación de túneles, laberintos, redes para escalar y, por supuesto, los pisos de caucho o acolchados diseñados específicamente para amortiguar los inevitables tropezones.

Hoy en día, los parques de la CDMX, centros comerciales e incluso restaurantes presumen estructuras en forma de castillos medievales o barcos pirata, además de diseños inclusivos pensados para que absolutamente todos los niños puedan divertirse al aire libre. La próxima vez que salgas a caminar por tu cuadra o decidas estacionarte un rato en el parque más cercano con tus sobrinos o hijos, recuerda que estás pisando décadas de historia urbana y risas compartidas.

Fuente: Sopitas Cosas


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