¿Pulmones de acero? Te explicamos por qué los chilangos no sufrimos la altura de la CDMX

¿Qué hace que la CDMX sea un terreno tan especial?

Si alguna vez te has preguntado por qué los equipos de fútbol que visitan el Estadio Azteca terminan pidiendo su cambio a los 20 minutos de juego, mientras nosotros andamos como si nada por las calles, la respuesta no es magia, es ciencia pura. En Tantita Tinta nos dimos a la tarea de investigar este fenómeno que nos hace únicos en el mundo.

Vivir a 2,240 metros sobre el nivel del mar no es cualquier cosa. La Ciudad de México se posiciona como la novena urbe más alta del planeta y la séptima si hablamos de densidad poblacional. Esta altura no solo nos regala cielos despejados y esa luz tan característica que inspiró a Humboldt a llamarnos “la región más transparente”, sino que también pone a prueba nuestra resistencia física día tras día.

¿Cómo acabamos viviendo en las nubes?

Para entender por qué estamos tan alto, hay que viajar millones de años atrás. Todo empezó con el choque de las placas tectónicas de Cocos y Norteamérica, un movimiento telúrico que levantó el centro del país y formó la Sierra Madre. Esta muralla volcánica atrapó el agua de lluvia, creando un sistema de lagos que, con el tiempo y el depósito de cenizas, rellenó el valle y nos dejó en la elevación que conocemos hoy.

¿Qué pasa cuando un turista nos visita?

Para quienes vienen de nivel del mar, llegar a la CDMX es un choque de realidad. Al estar tan alto, la presión atmosférica baja y las moléculas de oxígeno están más dispersas; básicamente, en cada bocanada de aire, recibimos cerca de un 25% menos de oxígeno que en la playa. Es por esto que los visitantes pueden experimentar el famoso “mal de montaña”: dolor de cabeza, mareos y un agotamiento que los deja fuera de combate si intentan hacer ejercicio intenso.

¿Nuestros pulmones son biónicos?

La respuesta corta es: sí, un poco. Los chilangos hemos pasado por un proceso de adaptación impresionante que ocurre sin que nos demos cuenta:

  • Más glóbulos rojos: Nuestro cuerpo produce una mayor cantidad de estos componentes sanguíneos, que funcionan como camionetas de reparto para llevar el oxígeno a donde se necesita de forma más veloz.
  • Reajuste respiratorio: Nuestro cerebro y diafragma han aprendido a inhalar y exhalar con mayor profundidad y rapidez de manera automática.
  • Eficiencia cardiovascular: El ventrículo derecho de nuestro corazón, encargado de bombear sangre a los pulmones, se vuelve una máquina de alta precisión para manejar la presión sin que nos falte el aire.

Claro que no todo es miel sobre hojuelas; la combinación de altura y contaminación es un reto para nuestra salud. Sin embargo, hemos desarrollado una resiliencia envidiable. Así que la próxima vez que alguien se queje de que no puede subir ni un piso de escaleras en la CDMX, ya sabes qué decirles: es cuestión de adaptación y, tal vez, un poquito de sangre guerrera de la capital.

Fuente: Sopitas Cine y TV


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