El eterno debate entre lo clásico y lo nuevo
En Tantita Tinta siempre nos gusta darles una segunda vuelta a esos títulos que marcaron época. Este 2026 me puse una meta clara: limpiar mi lista de pendientes. Y, aunque parezca mentira, me lancé de lleno a Diablo III: Eternal Collection, un juego que, aunque tiene 14 años de historia a cuestas, me ha dejado lecciones muy valiosas sobre el rumbo de la franquicia.
Muchos se preguntarán: ¿por qué jugar esto ahora, con todo lo que ofrece el cuarto título? La respuesta es sencilla: la curiosidad y la necesidad de entender el contexto. Tras completar Lord of Hatred en Diablo IV, me di cuenta de que para comprender bien el drama detrás de Lilith y el futuro de Santuario, tenía que retroceder. Y déjenme decirles, fue una de las mejores decisiones de mi año.
Una inversión que vale cada peso
Conseguir la Eternal Collection —que incluye Reaper of Souls y el paquete del Nigromante— me salió en unos 430 pesos mexicanos gracias a una rebaja en la tienda digital. Fue un movimiento estratégico, especialmente porque mi clase favorita, el Nigromante, me ha dejado un sabor agridulce en la entrega más reciente tras los cambios en sus árboles de habilidades. Regresar a la versión de Diablo III fue como reencontrarme con un viejo amigo que sabe exactamente qué es lo que me gusta.
Completar la campaña me tomó unas 12 o 13 horas. Sí, un ritmo tranquilo, pero necesario para saborear la narrativa. Incluso tuve que subir la dificultad a ‘Tormento’ porque, admitámoslo, matar a Belial en menos de un minuto no tiene gracia. Necesitaba que el juego me exigiera, que me pusiera contra las cuerdas.
¿Qué es lo que realmente hace que el corazón de la saga lata?
Aquí es donde en Tantita Tinta nos ponemos serios. Después de este viaje, mi mente se quedó clavada en las cinemáticas. El enfrentamiento entre Imperius y Diablo, y todo el arco de los Altos Cielos, es sencillamente arte. Es ahí donde entiendo por qué hay sectores de la comunidad que no quieren ver Diablo IV ni en pintura.
La crítica es clara: la esencia de esta saga siempre han sido sus historias épicas y la sensación de estar en una guerra eterna. Siento que Blizzard ha perdido un poco el norte, priorizando temporadas con contenido efímero y una tienda de skins que te cuesta un ojo de la cara, en lugar de profundizar en lo que realmente hace que nos encariñemos con el universo del juego.
- Historia inmersiva: La narrativa de Diablo III se siente con más alma.
- El Nigromante: Sigo prefiriendo la jugabilidad de esta entrega clásica.
- Producción: Las cinemáticas siguen siendo el estándar de oro de la industria.
No me malentiendan, no estoy aquí para lanzar un retroanalisis técnico del endgame. Simplemente quería compartirles esta reflexión: para nosotros en Tantita Tinta, los videojuegos son experiencias, no solo listas de tareas o pases de batalla. Si Blizzard logra reconectar con ese enfoque narrativo que nos voló la cabeza hace más de una década, no solo tendrán mi cartera, tendrán mi alma (y la de muchos otros jugadores) de vuelta.
¿Y ustedes qué opinan? ¿Son de los que defienden a capa y espada lo nuevo o creen que, como yo, nos hemos perdido en el camino de la optimización y las microtransacciones?
Fuente: VidaExtra