¿Qué tienen en común las moscas, un hospital y el duelo?
En Tantita Tinta siempre hemos dicho que el cine mexicano tiene una capacidad única para contarnos nuestras propias verdades, a veces de la forma más cruda y otras, con una ternura que nos desarma. La nueva cinta de Fernando Eimbcke, Moscas, es precisamente ese tipo de golpe al corazón que no sabías que necesitabas.
Si alguna vez has escuchado el zumbido de una mosca en una habitación vacía, sabes de lo que hablamos: es un sonido que, en lugar de ruido, te devuelve un eco de tu propia soledad. Pero, ¿por qué el título? Eimbcke, el maestro indiscutible de las historias de crecimiento (o coming-of-age), nos regala una premisa que se siente tan real como caminar por las calles de la CDMX.
La historia detrás de la uña (y del multifamiliar)
La historia sigue a Olga, una mujer que vive en un departamento del famoso CUPA (el multifamiliar frente al Hospital 20 de Noviembre). Su vida es un reloj suizo de aislamiento y rutina, hasta que un hongo en la uña del pie la obliga a considerar una cirugía. El costo ronda los 3,000 pesos, una cantidad que, en su precaria situación, parece una fortuna imposible de alcanzar.
Para salir del bache, decide rentar un cuarto a algún familiar de pacientes del hospital. Así conoce a un padre y a su hijo, Cristian. Lo que comienza como una convivencia forzada y llena de desconfianza, termina siendo el espejo donde ambos personajes deben confrontar sus pérdidas. En Tantita Tinta nos queda claro: es una película sobre cómo la inocencia infantil puede ser la medicina que ni siquiera sabíamos que estábamos buscando.
Más que un zumbido, una metáfora
En entrevista, el elenco y el director nos contaron cómo este bicho, que solemos asociar con lo sucio o lo descompuesto, terminó siendo el eje central. Fernando Eimbcke lo tiene claro: “Cuando estás solo, cuando las ventanas están cerradas, es cuando escuchas a la mosca. Nos hace conscientes del vacío”.
Teresita Sánchez, quien interpreta a Olga, destaca la sensibilidad con la que se abordó esta historia: “Es un ser diminuto que dimensiona tu soledad de una manera hermosísima”. Y es que, seamos honestos, ¿quién no ha sentido ese peso al cerrar la puerta de su recámara al final de un día difícil?
El arte de dirigir sin pretensiones
Lo que más nos sorprendió al charlar con el equipo es la humildad con la que trabajan. Eimbcke confiesa que no tiene la verdad absoluta al escribir: “Yo no puedo tener la escena clara desde antes, hay que ir encontrándola en el camino”. Esa apertura es la que permitió que la química entre el pequeño Bastian Escobar y Hugo Ramírez (el padre en la ficción) fluyera tan natural. No hubo sobreactuación, solo juego y conexión humana.
Al final, Moscas no es solo cine; es un recordatorio de que, aunque la vida nos ponga en situaciones donde parece que todo está “pudriéndose”, siempre existe la posibilidad de conectar con alguien más. La película es, en esencia, un bálsamo para quienes hemos tenido que aprender a vivir con nuestros propios fantasmas.
Fuente: Sopitas Cine y TV