¿La era de oro de la filosofía?
Si alguna vez escuchaste a alguien decir que estudiar filosofía no servía para nada más que para pasar horas discutiendo en una cafetería, probablemente esa persona no tiene idea de lo que está pasando en Silicon Valley. Henry Ajder, asesor en temas de inteligencia artificial (IA) y especialista en el tema, lo resume mejor que nadie: ‘Probablemente este sea el mejor momento para ser filósofo desde que Aristóteles fue contratado como tutor de Alejandro Magno’. Y aunque lo dice en tono de broma, la realidad es que el mundo tecnológico está buscando desesperadamente mentes brillantes capaces de responder preguntas que van mucho más allá de los códigos y los servidores.
En Tantita Tinta nos hemos puesto a investigar este fenómeno. Mientras la IA avanza a pasos agigantados y amenaza con transformar (o reemplazar) chambas en todo el mundo, las grandes empresas tecnológicas se enfrentan a un lío existencial: ¿Qué es pensar? ¿Qué significa que una máquina tenga agencia? ¿Cómo definimos el bienestar social ante algoritmos que deciden por nosotros?
Los nuevos guardianes de las empresas
Ya no se trata solo de tener a los mejores programadores. Laboratorios de élite como Google DeepMind y Anthropic están reclutando filósofos de tiempo completo. Aunque guardan sus números con recelo, se sabe que en DeepMind ya hay al menos 10 especialistas en humanidades, mientras que en Anthropic destacan figuras como Amanda Askell, cuya voz se ha vuelto un referente en la industria.
¿Qué hacen ahí? Iason Gabriel, quien lidera la investigación sobre impacto social en DeepMind, explica que, hace una década, su trabajo se centraba en sesgos técnicos. Hoy, con los modelos de lenguaje tan avanzados, el reto es mucho mayor: la alineación de valores. En pocas palabras, buscan asegurar que la tecnología sea genuinamente beneficiosa y no un peligro latente para el usuario final.
El gran dilema: ¿Ética o marketing?
Aquí es donde la cosa se pone interesante. No todo es color de rosa. Algunos académicos fuera de estas burbujas tecnológicas ven con sospecha este movimiento. Edward Harcourt, de la Universidad de Oxford, advierte que contratar filósofos podría ser una excelente jugada de marketing. ‘Es muy positivo para la imagen pública que las empresas parezcan preocupadas por la humanidad’, comenta. La duda es genuina: ¿están realmente buscando ética o solo están usando a los filósofos para blanquear su reputación mientras aceleran hacia una superinteligencia?
Imagina trabajar dentro de una oficina de 16,000 metros cuadrados, rodeado de los modelos más potentes del planeta, tratando de medir lo ‘inmedible’. Esa es la realidad de personas como Julia Haas, filósofa que se cuestiona cómo comunicamos los riesgos de estas herramientas a la sociedad. La crítica constante es que, al final del día, estas empresas le deben cuentas a sus inversionistas, no necesariamente a la ética pura.
La apuesta: ¿Se puede cambiar el juego desde adentro?
A pesar de las críticas, los filósofos que han dado el salto al mundo corporativo aseguran que hay una lógica clara: para cambiar las cosas, hay que estar donde se cocina el problema. ‘Para ofrecer una opinión ética sólida, necesitas acceso a información de calidad’, sostiene Gabriel. La esperanza es que, aunque los intereses económicos sean el motor principal, la presión por la transparencia y la seguridad termine creando mejores herramientas para todos nosotros.
Para nosotros en Tantita Tinta, la pregunta final es más sencilla: si las decisiones sobre el futuro de nuestra tecnología van a caer en manos de unas cuantas corporaciones, ¿no preferirías que hubiera al menos un filósofo en la sala de juntas tratando de que no todo se nos salga de control?
Fuente: WIRED en Español