La lección de Guerrero: Cuando el pasado es la mejor herramienta para el futuro
Vivimos en una era donde la arquitectura parece estar obsesionada con el concreto y las estructuras industrializadas que, sinceramente, no siempre dan el ancho. Especialmente cuando la naturaleza decide mostrarnos su fuerza —como lo hizo el huracán Otis—, nos damos cuenta de que replicar modelos de vivienda ‘universales’ en zonas rurales es un error de cálculo que sale carísimo. En Tantita Tinta creemos que es momento de voltear a ver lo que sí funciona, y una comunidad en Guerrero nos acaba de dar una cátedra magistral sobre resiliencia.
Tras el paso devastador de Otis, mientras muchos buscaban la salida rápida, las comunidades de Cacahuatepec, en la zona rural de Acapulco, tomaron una decisión que desafía el sentido común actual: volver al adobe, la madera y el bajareque. Pero ojo, no es nostalgia, es ingeniería aplicada con sabiduría ancestral.
¿Por qué dejar de lado el block y la lámina?
La arquitecta Isadora Hastings, coordinadora de Cooperación Comunitaria, lo tiene clarísimo: construir igual en todos lados es una receta para el desastre. En Acapulco, el calor puede llegar a los 39 grados Celsius, y una casa de block con techo de lámina se convierte literalmente en un horno. En cambio, estas viviendas tradicionales reforzadas no solo son más frescas, sino que integran técnicas que las hacen verdaderamente resistentes a los vientos y la humedad, algo vital cuando los fenómenos climáticos son cada vez más intensos.
La arquitectura que escucha a la gente
Para nosotros en Tantita Tinta, lo que más nos vuela la cabeza no es solo el material, sino el proceso. Aquí no llegó una constructora a imponer un modelo de ‘casita igualita para todos’. El trabajo comenzó en las asambleas, escuchando los mapas de riesgo de la propia gente: ¿dónde pega más fuerte el agua?, ¿qué materiales tienen a la mano?, ¿cómo vive realmente la familia?
Este modelo de ‘autoproducción asistida’ es radicalmente distinto a lo que vimos tras los sismos de 2017. En aquel entonces, muchas familias recibieron viviendas que eran, en la práctica, cajas de concreto que no se adaptaban al clima ni a sus necesidades. El resultado: una pérdida cultural tremenda y casas que, a la primera oportunidad, se sentían ajenas.
Más que paredes, es calidad de vida
La reconstrucción en Cacahuatepec no se detuvo en las paredes. Se trabajó en:
- Cocinas dignas: Espacios fundamentales en la vida rural, a menudo olvidados, ahora reforzados y con estufas ahorradoras de leña.
- Materiales locales: El uso de adobillo (bloques de tierra más pequeños), que ha resultado mucho más manejable y cómodo para las mujeres que participan en la construcción.
- Gestión integral: Si la casa está en una zona de alto riesgo por deslaves, la solución no es reconstruir, sino reubicar, reforestar y sanar el territorio.
El diagnóstico nacional sobre desplazamiento forzado por cambio climático es crudo: más de un millón de personas en México han tenido que dejar sus casas por huracanes o inundaciones en la última década. Por eso, construir una casa que soporte el clima no es solo un tema de materiales, es una herramienta para que la gente no tenga que abandonar su hogar, su milpa y su historia.
Al final, la lección es clara: a veces, el progreso no está en el material más caro o la tecnología más nueva, sino en volver a entender el territorio que habitamos. Como dice Hastings, reconstruir rápido no sirve de nada si al año siguiente la familia sigue igual de expuesta. En Guerrero, están demostrando que el adobe, bien tratado, es mucho más que tierra: es esperanza hecha estructura.
Fuente: WIRED en Español