¿Nolan lo puede todo? En Tantita Tinta nos metimos a la sala de cine para diseccionar su última gran apuesta.
Confesión de entrada: después de ver La Odisea, lo único que le pido a Christopher Nolan es que, por favor, se anime a dirigir una película de terror. Hay una escena pequeña, pero tan aterradora y fascinante, que te deja pensando en las posibilidades de este director cuando decide dejar de lado la ciencia ficción sesuda y meterse con nuestros miedos más básicos.
Pero bueno, vamos al grano. Estrenar una cinta de Nolan es un evento que paraliza la industria. Es de los pocos cineastas a los que los estudios le sueltan presupuestos que rondan los cientos de millones de dólares (hablamos de presupuestos que superan los 4 mil o 5 mil millones de pesos mexicanos) sin parpadear. Y es que Nolan es, en sí mismo, una marca. Su nombre en el póster es garantía de que la gente va a llenar las salas, sin importar si la trama trata sobre viajes en el tiempo o sobre la mitología griega.
La apuesta visual: un festín para los sentidos
No vamos a mentir: La Odisea es una maravilla técnica. Ver el trabajo artesanal de Nolan es un recordatorio de que el cine, en manos correctas, sigue siendo una experiencia épica. La escala es inmensa, pero Nolan tiene esa maña de hacer que lo gigantesco se sienta íntimo. Estás en medio de una tormenta de proporciones bíblicas, pero toda tu atención está puesta en una pequeña balsa de madera. Ahí es donde el británico se luce; sabe manejar el drama humano en medio del caos.
Sin embargo, surge la gran pregunta: ¿la forma puede ser más importante que el fondo? En esta entrega, la respuesta parece ser un sí rotundo. Aunque la cinta es un derroche de técnica, sientes que la historia avanza porque “así debe ser”, por inercia del mito que todos conocemos, no porque el director le haya encontrado un ángulo fresco o una nueva lectura necesaria al viaje de Odiseo.
El eterno problema de los personajes femeninos
Si algo le hemos criticado a Nolan en Tantita Tinta —y en muchos otros espacios— es su dificultad para escribir personajes femeninos que tengan peso propio. Casi siempre terminan siendo el motor del protagonista masculino: la esposa muerta, la que vive en el sueño, la que necesita ser rescatada. En La Odisea, salvo por la presencia arrolladora de Samantha Morton como Circe (que es, sin duda, lo mejor de la película), el resto de las mujeres del reparto se sienten desperdiciadas.
El caso que más nos duele es el de Zendaya. Interpreta a la diosa Atenea, una pieza clave en la épica de Homero, pero en la visión de Nolan se reduce a una representación de la culpa de Odiseo. No es una deidad con agencia, es un producto de la mente del héroe. Con apenas 10 minutos en pantalla, su papel se siente como un desperdicio de talento.
¿Vale la pena el boleto?
A ver, disfruté la película, pero salí de la sala con un sabor agridulce. Siento que Nolan, en su afán de construir su proyecto más grande, dejó ir parte de su propia esencia como contador de historias. ¿Es mala? Para nada. ¿Es su mejor trabajo? Ni de chiste. La veré por segunda vez, no porque espere encontrar una revelación divina, sino porque con Nolan siempre te queda la espinita de qué fue lo que se te pasó por alto en el primer visionado.
Al final, Nolan sigue siendo un maestro, pero quizás es momento de recordarle que, aunque la forma sea espectacular, el fondo es lo que nos hace regresar a ver una película una y otra vez.
Fuente: Sopitas Cine y TV