El ocaso de una serie que lo tenía todo
Si hay algo que nos duele como espectadores, es ver cómo una historia que nos voló la cabeza se desmorona frente a nuestros ojos. En Tantita Tinta siempre nos hemos declarado fans de las propuestas arriesgadas, pero con el final de la tercera temporada de Euphoria, tenemos que ser honestos: lo que mal empieza, mal acaba. Lo que prometía ser una entrega explosiva terminó convirtiéndose en un desastre narrativo que, sinceramente, nos dejó más preguntas que respuestas.
No se trata solo de un bajón de calidad, sino de una desconexión total con lo que alguna vez hizo a esta serie un fenómeno cultural. La producción, que antes brillaba por su capacidad de explorar la complejidad humana, decidió refugiarse en una visión del mundo casi moralizante, donde los personajes parecen castigados sistemáticamente por un guion que perdió el rumbo.
Una lección de moral… ¿o un thriller fallido?
¿En qué momento Euphoria pasó de ser un retrato crudo sobre la sobreexposición adolescente en la era digital a convertirse en un thriller criminal sin pies ni cabeza? Es frustrante ver cómo se abandonaron los conflictos emocionales que conectaban con nosotros, para apostar por giros dramáticos que se sienten más como una parodia de sí mismos que como una historia real.
Lo más triste es el mensaje que queda flotando. La serie parece decirnos que ser “virgen” es el único boleto a la estabilidad y al éxito, mientras que todos los que se atreven a vivir al límite o a cuestionar las normas están destinados a la perdición. Es un mensaje conservador que choca de frente con la esencia contestataria que la serie presumía en sus inicios.
Los huecos que nadie pudo tapar
Si revisamos la lógica de la trama, nos topamos con una cantidad de huecos narrativos que harían llorar a cualquier guionista. Por ejemplo, ¿qué pasó con el arco de Maddy? Nos prometieron que empezaría a gestionar a chicas para convertirlas en creadoras de contenido tipo OnlyFans, pero la idea simplemente se esfumó. Ese tipo de tramas tenían el potencial de abrir conversaciones necesarias sobre el trabajo sexual, el empoderamiento y la violencia sistémica, pero la serie prefirió ignorarlas.
Además, el desfile de personajes que dejaron de importar es de no creerse. Jules, que siempre fue un pilar emocional, terminó relegada al olvido. Nate, que comenzó como un villano con mil capas, terminó convertido en una caricatura que vende el cuerpo de su esposa para pagar deudas. ¡Qué forma de destruir a los personajes que tanto nos costó entender!
¿Hay algo que salvar?
Para no ser tan mala onda, hay que reconocer dos cosas: primero, la congruencia con su propio caos (al menos fueron fieles a su desastre hasta el último segundo) y, por supuesto, el trabajo de sus actrices. Zendaya, Alexa Demie y Sydney Sweeney se cargaron la serie al hombro con actuaciones que merecían un guion a la altura.
Pero siendo sinceros, lo mejor que nos dejó este final es, precisamente, el final. La nostalgia de ver los buenos momentos de las primeras dos temporadas nos pega fuerte; extrañamos a esa Euphoria que nos hacía sentir todo al ritmo de una buena rola. ¿Habrá cuarta temporada? Seguro que sí, pero después de este cierre, el hype en nuestra oficina está bajo tierra. Ojalá se pongan las pilas, porque los fans nos merecemos algo mucho mejor.
Fuente: Sopitas Cine y TV