¿La solución a nuestra dependencia energética o una bomba de tiempo?
En Tantita Tinta siempre nos hemos caracterizado por rascarle a los temas que calientan la conversación pública. Esta semana, el ojo del huracán se posó sobre una técnica que no deja de generar dolores de cabeza y debates intensos: el fracking o fracturación hidráulica. El gobierno de Claudia Sheinbaum ha puesto sobre la mesa, de nuevo, la posibilidad de utilizar esta técnica para extraer gas no convencional, con la mira puesta en un objetivo claro: dejar de depender del gas que le compramos a nuestros vecinos del norte y alcanzar, por fin, esa famosa soberanía energética.
Pero, ¿qué hay detrás de esto? El asunto no es cualquier cosa. Para analizarlo, se creó un comité de 54 expertos —geólogos, especialistas en agua y científicos ambientales— que tras meses de análisis, dio luz verde para seguir explorando la viabilidad de esta técnica en el noreste del país. Sin embargo, como todo lo que tiene que ver con la industria petrolera, hay letras chiquitas que merecen una lupa bien grande.
El mapa del tesoro (y sus prohibiciones)
México tiene un potencial gigante. Según las estimaciones oficiales, el país resguarda cerca de 4 billones de metros cúbicos (equivalentes a 141.5 billones de pies cúbicos) de gas natural en yacimientos no convencionales. Las zonas protagonistas son la cuenca de Burgos, la de Sabinas-Burro-Picachos y la de Tampico-Misantla.
Pero el comité fue claro: no se puede perforar donde sea. La cuenca de Tampico-Misantla, que abarca partes de Veracruz, Tamaulipas, San Luis Potosí y Puebla, quedó fuera de los planes debido a su alta densidad de población y la presencia de comunidades indígenas. Para nosotros en Tantita Tinta, este es un punto clave, pues el respeto a los derechos territoriales no debería ser negociable.
Las condiciones: ¿agua salada al rescate?
El comité puso una condición inamovible: está prohibido usar agua dulce. Ni la que ocupamos para tomar, ni la que se usa para regar los cultivos. La apuesta del gobierno es utilizar agua salada proveniente de formaciones geológicas profundas. ¿La bronca? Que para que esto sea una realidad técnica y económicamente viable, hace falta muchísima más investigación. No es solo decir “no usaremos agua potable”, es demostrar que el proceso no va a terminar en un desastre ecológico mayor.
El grito de los colectivos: ¿es esto sustentable?
No todos compraron la idea. Casi 35 organizaciones ambientales ya levantaron la mano para decir que todo esto es, en el mejor de los casos, una ilusión. Argumentan que el comité nació con un sesgo de origen: se les pidió buscar la forma de hacer el fracking “sustentable”, cuando, según ellos, no existe forma de extraer combustibles fósiles sin dejar una cicatriz profunda en el planeta.
- Los riesgos latentes: Fugas de metano, sismos inducidos por la fractura de la roca y la contaminación de acuíferos subterráneos.
- Falta de evidencia: Las supuestas innovaciones para reducir el impacto ambiental siguen siendo, en su mayoría, experimentos de laboratorio que no han probado su eficacia a escala real.
- La exigencia: Los colectivos piden una prohibición constitucional total del fracking, alegando que es un tema de salud pública y derechos humanos, no solo un problema de ingeniería.
El debate está más encendido que nunca. Mientras el gobierno busca una salida para reducir la factura que pagamos por la energía, las comunidades y expertos advierten que el costo ambiental podría ser impagable. En Tantita Tinta seguiremos dándole seguimiento a este tema; al final del día, se trata del futuro de nuestro territorio y de los recursos que compartimos todos.
Fuente: WIRED en Español