Cuando el Día de Muertos duraba más de un mes
En Tantita Tinta nos encanta rescatar esos fragmentos de historia que le dan sabor a nuestras fiestas. Aunque hoy asociamos el Día de Muertos al 1 y 2 de noviembre, los pueblos originarios de Mesoamérica celebraban a sus difuntos durante mucho más tiempo. Algunas crónicas y códices indican que la conmemoración podía extenderse hasta cuarenta días, dividida en dos periodos que coincidían con las veintenas del calendario solar mexica.
Los dos veintenas del calendario mexica
El año mexica se organizaba en 18 meses de veinte días cada uno, más cinco días de transición que completaban los 365 días del ciclo anual. Los noveno y décimo meses, conocidos como Tlaxochimaco y Xócotl Huetzi, estaban dedicados a los muertos. Cada uno de estos periodos, o veintenas, tenía su propio nombre y rituales.
- Miccailhuitontli – “fiesta de los muertos pequeños”, se celebraba durante Tlaxochimaco y honraba a los niños que habían partido.
- Hueymiccailhuitl – “la gran fiesta de los muertos”, ocurría en Xócotl Huetzi y estaba reservada para los adultos y ancestros.
Estas fechas aproximan nuestros meses de agosto y septiembre, época de cosecha, cuando la comunidad reunía sus ofrendas para guiar a las almas hacia el Mictlán, el inframundo donde descansaban hasta su próximo regreso.
Ofrendas, danzas y el viaje al Mictlán
Durante la primera veintena, las familias colocaban guirnaldas y flores de cempasúchil alrededor de los lugares donde se enterraban a los pequeños, ya sea bajo los pisos de las casas o en los patios. Se ofrecían alimentos como tamales, atole y frutas, mientras se ejecutaban danzas dedicadas a deidades como Tezcatlipoca, Huitzilopochtli y Mictlantecuhtli, señor del reino de los muertos.
En la segunda veintena, el enfoque cambiaba a los difuntos adultos. Los templos se adornaban con más flores, se quemaban copal y se entonaban cantos solemnes. Se cree que muchas veces los cuerpos eran enterrados cerca del hogar para que los vivos pudieran mantener un contacto constante con sus seres queridos en el más allá.
La fusión con lo cristiano y la ofrenda actual
Tras la conquista, los frailes impulsaron el calendario católico y redujeron las festividades a los días de Todos los Santos y los Fieles Difuntos, el 1 y 2 de noviembre. No obstante, la riqueza de las tradiciones prehispánicas no desapareció; se mezcló con elementos europeos como el pan de muerto, las velas, el agua y la sal, creando el sincretismo que hoy vemos en cada altar.
En Tantita Tinta hemos visto cómo las ofrendas modernas conservan la esencia de guiar y recibir el alma: las fotografías de los difuntos, sus comidas favoritas, el agua para saciar su sed y la sal para purificar el entorno. Todo ello envuelto en el aroma del cempasúchil y la luz parpadeante de las velas.
Por qué sigue viva la tradición hoy
Aunque la celebración oficial se limita a dos días, la práctica de armar altares comienza semanas antes y, en muchos hogares, se extiende hasta principios de noviembre. Este alargamiento no es casual: refleja el deseo de mantener viva una cosmovisión que vê la muerte como una continuación de la vida, no como un final absoluto.
Además, la fiesta ha cruzado fronteras. Comunidades mexicanas en Estados Unidos, España y varios países latinoamericanos replican la costumbre, adaptándola a sus contextos pero siempre respetando el núcleo: honrar a aquellos que ya no están físicamente, pero que siguen presentes en la memoria y el corazón.
Así, la próxima vez que veas una calaverita de azúcar o una pista de pétalos de cempasúchil, recuerda que detrás de ese colorido hay una historia de más de un mes de fiesta, danzas y respeto que los antiguos mexicas tejieron con hilos de maíz, copal y memoria.