La resurrección de un ícono del doom metal
Hay historias en la música que parecen guiones de película, pero pocas son tan crudas, reales y hasta cierto punto, milagrosas, como la de Bobby Liebling. Si te gusta el rock pesado, seguro has escuchado hablar de Pentagram, esa banda de culto que sentó las bases del doom metal. Lo que muchos no saben es que el ascenso, la caída y la extraña resurrección de su líder es un relato sobre la autodestrucción y la terquedad de seguir vivo contra todo pronóstico.
En Tantita Tinta nos dimos a la tarea de analizar esta trayectoria, y la verdad es que, hace 20 años, nadie hubiera apostado ni un solo peso a que Liebling seguiría entre nosotros. Hoy, con 72 años, el músico continúa dando shows, rompiendo esa barrera que lo condenaba al olvido o a una muerte prematura hace décadas.
De una vida tranquila al abismo del rock
Robert Harold Liebling nació en Arlington, Virginia, en 1953. Hijo de un funcionario público, su camino parecía trazado: una vida estable, predecible y sin sobresaltos. Pero el rock and roll tenía otros planes. A finales de los 60, el encuentro con Geof O’Keefe y otros músicos dio vida a Pentagram. Tenían todo para ser una leyenda: talento, una propuesta oscura y una presencia magnética. Entonces, ¿qué pasó?
El autosabotaje se convirtió en la marca de la casa. Entre oportunidades perdidas —como cuando llegaron tarde, sucios y sin coche a una audición frente a los miembros de KISS— y la necedad creativa de Bobby en el estudio, la banda nunca pudo despegar realmente. El comportamiento errático de Liebling, cada vez más marcado por el consumo de sustancias, terminó por sepultar su éxito antes de que realmente comenzara.
Last Days Here: Crónica de una muerte anunciada
El documental Last Days Here (2011) es, posiblemente, uno de los retratos más honestos y dolorosos sobre la adicción que existen. Cuando la producción comenzó en 2007, Bobby era apenas la sombra de lo que fue. Vivía refugiado en el sótano de sus padres, esquelético y sumido en la paranoia. En ese momento, no se estaba grabando un regreso triunfal, se estaba documentando el deterioro final.
“Llevo consumiendo drogas por 44 años”, confesaba el músico en el filme. En ese entonces, un tratamiento de recuperación para alguien en su estado podría costar fácilmente cientos de miles de pesos (o unos 10,000 a 15,000 USD en clínicas privadas de EE.UU.), dinero que él no tenía y una voluntad que parecía inexistente.
¿Milagro o destino?
Gracias a la intervención de Sean Pelletier, quien se convirtió en su mánager, Liebling encontró una razón para salir de su hoyo. Logró grabar, girar y hasta formar una familia. Sin embargo, su historia sigue siendo una montaña rusa. A pesar de los conciertos y los discos, el fantasma de las adicciones y problemas legales por conductas agresivas han vuelto a aparecer en los titulares.
Para nosotros en Tantita Tinta, la lección es clara: el talento no siempre es suficiente para vencer a los demonios personales. Bobby Liebling sigue ahí, subiéndose a los escenarios, desafiando a la lógica y demostrando que, a veces, la realidad es mucho más extraña que cualquier ficción.
Fuente: Sopitas Musica