Alan Parsons en el Velódromo: El duelo sonoro que te puso la piel chinita

La máquina del tiempo sonora: Alan Parsons conquista el Velódromo Olímpico

Hay presentaciones que simplemente ocurren y otras que sientan cátedra. La reciente visita de Alan Parsons al Velódromo Olímpico de la Ciudad de México pertenece a la segunda categoría. El legendario ingeniero de sonido, productor y co-creador de obras maestras como Dark Side of the Moon de Pink Floyd o Let It Be de The Beatles, regressó a México para regalarnos una noche que ya se inscribe en el panteón de los conciertos imperdibles. En Tantita Tinta te contamos por qué este show no fue solo música, sino una experiencia auditiva de alta precisión.

Lluvia, espera y magia

La atmósfera inicial no era del todo favorable. Un aguacero persistente parecía querer arruinar la velada justo antes de las 21:00 horas. Sin embargo, parece que hasta la naturaleza respetó la jerarquía del genio: la lluvia cesó de manera milagrosa cuando el reloj marcaba la hora de inicio. Lamentablemente, la puntualidad de Parsons fue el punto débil de la noche; la banda salió con unos 30 minutos de retraso. Aun así, la espera se hizo breve gracias a una selección musical precaria en el sistema de sonido local que incluía temas de Queen, Pink Floyd y esa increíble de Creedence Clearwater Revival, “Have You Ever Seen The Rain?”.

El equipo editorial de Tantita Tinta destaca que la ansiedad del público se transformó en ovación plena cuando Parsons apareció en el escenario. Desde una estructura elevada, saludó con discreción, dejando que los virtuosos músicos tomaran el protagonismo técnico mientras él supervisaba la orquestación desde atrás. Una muestra de madurez artística: no necesitó robarse la cámara, su presencia bastaba para que el sonido llegara con esa nitidez inconfundible.

El regreso de The Alan Parsons Project

El setlist fue un viaje nostálgico diseñado cuidadosamente. Comenzó con tonos melancólicos con “Time” y “Standing on Higher Ground”, sirviendo de prólogo perfecto para celebrar el 50.º aniversario de Tales of Mystery and Imagination, su disco debut junto a Eric Woolfson. Inspirado en Edgar Allan Poe, el proyecto fue recordado a la perfección con interpretaciones finas de “The Raven” y “The Tell-Tale Heart”. Para nosotros, este bloque demostró que Parsons no solo es el hombre detrás de la mesa de mezcla, sino un compositor capaz de evocar atmósferas oscuras y complejas.

Luego, la energía subió con “Prime Time” y las baladas etéreas que le dieron fama mundial. Aquí es donde el concierto tocó el cielo literalmente. Al llegar el momento de “Sirius”, el ambiente se cargó de una electricidad única. Esta pista, que sirvió como alfombra sonora para las entradas de los Chicago Bulls en la era de Michael Jordan, se convirtió en el himno deportivo no oficial por excelencia. En Tantita Tinta analizamos cómo una melodía de rock puede trascender su género original para convertirse en sinónimo de grandeza atlética.

El final: ¿La última vez?

El clímax llegaba, como era de esperar, con “Eye in the Sky”. Cuando los primeros acordes resonaron, todo el Velódromo se puso de pie. No fue solo por ser un éxito masivo, sino por el sentimiento íntimo de que podríamos estar escuchando su última interpretación de esta joya en suelo mexicano. El show continuaría en Puebla dos días después, pero la magnitud del Velódromo dio a entender el carácter definitivo de este cierre de etapa para su gira actual.

  • Dato clave: Al cumplir 78 años en diciembre próximo, Parsons demuestra que la edad es solo un número cuando tu legado es inmortal.
  • Cierre perfecto: El concierto terminó con “Games People Play”, una canción que muchos reconocen en el inconsciente sin recordar el contexto, demostrando el alcance cultural de su obra.

La calidad del audio no podía ser otra cosa: si hay alguien en el mundo que garantiza que cada nota suene como debía sonar, es Alan Parsons. Una noche para recordarla por mucho tiempo más, donde el pasado y el presente se entrelazaron con una precisión casi quirúrgica. Si no estuviste, solo te queda cerrar los ojos y recordar cómo debería sonar el rock clásico.


Deja un comentario