¿Paz a través de la fuerza o un bucle infinito de ataques?
Donald Trump tiene una teoría fascinante: cree que Estados Unidos puede ganar guerras sin necesidad de quedarse a vivir en ellas. Es una visión que mezcla la astucia de un negociador inmobiliario con la potencia de fuego de la mayor fuerza aérea del planeta. El objetivo suena idílico para el votante estadounidense promedio: ejercer una fuerza abrumadora, dar un golpe contundente en la mesa y retirarse antes de que alguien tenga tiempo de decir ‘invasión’.
Sin embargo, la realidad en el Golfo Pérsico está poniendo a prueba este modelo. A medida que la ofensiva contra Irán entra en su cuarta semana, surge la gran pregunta: ¿Es posible moldear el mundo solo con ataques a distancia o estamos ante una nueva versión de las guerras eternas que Trump prometió erradicar?
Los tres pilares de la ‘Guerra Estilo Trump’
Para entender lo que está pasando hoy en Teherán, Yemen y Siria, hay que desmenuzar la doctrina militar de este segundo mandato. A diferencia de sus predecesores, que apostaban por coaliciones internacionales y costosos despliegues de infantería, Trump ha optado por lo que algunos historiadores llaman un ‘aislamiento espléndido’. Este enfoque se sostiene sobre tres bases fundamentales:
- Velocidad quirúrgica: Nada de campañas que duren décadas. Se busca el impacto inmediato.
- Acción unilateral: ¿Por qué esperar el permiso de la OTAN o de las Naciones Unidas? Si EE. UU. decide actuar, lo hace solo o con aliados muy específicos que no cuestionen el mando.
- Violencia limitada a distancia: El uso extensivo de drones, misiles de crucero y fuerzas de operaciones especiales. El mantra es simple: poner en riesgo el presupuesto, no las vidas de los soldados.
Este modelo rechaza la idea de la ‘reconstrucción nacional’. Trump no quiere construir escuelas en Kabul ni pavimentar carreteras en Bagdad; su interés radica en destruir la capacidad de amenaza del adversario y obligarlo a negociar bajo sus términos.
Las cifras que contradicen el discurso de paz
La ironía de este mandato es que el presidente que más ha criticado el intervencionismo militar es, paradójicamente, uno de los que más ha apretado el botón rojo. Según análisis recientes, se han contabilizado al menos 9,240 ataques militares desde que regresó a la Casa Blanca. Un volumen de fuego que no se veía en años.
Operaciones como ‘Rough Rider’ en Yemen han alcanzado más de 1,000 objetivos hutíes en apenas dos meses. En Siria e Irak, la ‘Operación Hawkeye’ contra el ISIS ha mantenido un ritmo de bombardeos casi semanal. Si bien es cierto que no hay decenas de miles de tropas marchando por el desierto, la intensidad de la guerra aérea es tal que las fronteras entre ‘operación limitada’ y ‘guerra total’ comienzan a borrarse.
El factor Irán: El enemigo también tiene voz
Irán es, sin duda, el mayor desafío para esta doctrina. La Operación Martillo de Medianoche, lanzada originalmente para desmantelar el programa nuclear iraní, no logró su objetivo al 100%. Esto ha obligado a Trump a autorizar ataques repetidos, creando un círculo vicioso de acción y reacción. El problema de la violencia desde la distancia es que puede destruir infraestructuras y puertos —presionando seriamente el mercado petrolero—, pero rara vez logra un cambio de régimen o la capitulación total de un enemigo ideológico.
Trump ha declarado con su estilo característico: ‘Cuando yo quiera que termine, terminará’. Pero en la geopolítica real, el adversario también juega sus cartas. La persistencia de la resistencia iraní y de sus aliados en la región sugiere que, para detener la amenaza, EE. UU. podría verse tentado a escalar más allá de los ataques aéreos, lo que dinamitaría la promesa central de su campaña.
¿Un retorno al siglo XIX?
Este enfoque recuerda a la estrategia británica del siglo XIX, donde la armada real proyectaba poder en todo el globo sin necesidad de ocupar territorios de manera permanente. Funcionó durante décadas, hasta que las crisis globales se volvieron demasiado complejas para ser resueltas solo con cañones desde el mar. Hoy, en un mundo hiperconectado, el aislamiento absoluto es casi una utopía.
Al final del día, Trump está apostando a que el miedo a una respuesta estadounidense impredecible y devastadora sea suficiente para mantener el orden. Pero si cada vez que se quiere imponer respeto hay que lanzar mil misiles, la ‘guerra interminable’ no habrá desaparecido; simplemente habrá cambiado de forma, pasando de las botas sobre el barro a los drones sobre el cielo.
Fuente: Bloomberg